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La Italia del siglo XVIII se encontraba dividida en pequeños principados independientes y sometida en parte a la dominación extranjera. Los papas no tuvieron mucho poder y no existía la libertad política, una política manejada por Austria, España y Saboya. Venecia y Córcega mostraban poco entusiasmo en el orden nacional.
En 1720,
Víctor Amadeo II de Saboya fue elegido rey de Cerdeña pero después de la Guerra de Sucesión
Austriaca, asumió Carlos Manuel III (1730-1773) quien acrecentó el poder territorial y
económico de su reino.
Pero entre 1815 y 1871, pasaron años de luchas de poder y ambición de dominio territorial, de guerras fraticidas y escasos tiempos de calma. Al caer Napoleón, se produjeron en Europa importantes cambios territoriales que le permitieron a Italia recuperar algunas regiones. Tuvieron lugar insurrecciones estudiantiles y militares, la mayoría de ellas duramente reprimidas. Épocas de terror y persecuciones imperaron por largo tiempo. Se sucedieron diversos Papas de tendencias condenatorias o liberales. Se crearon sectas secretas, como la de los carbonarios, en contra de la tirania.
En 1831 Guiseppe Mazzini fundo la " Joven Italia ", organización
patriótica decidida a lograr la unidad de Italia y, mientras sus adictos conspiraban en pos de la libertad, el cólera provocaba grandes bajas en la
población.
Se concede la Constitución - abolida por Austria en 1852 - y se promulgan códigos y decretos, pero siempre bajo el signo de la dominación absolutista.
Entre 1846 y 1847 se originó una grave crisis económica en la península itálica debido a que el aumento en la producción industrial contrastaba con el escaso poder adquisitivo de la población y por lo tanto se produjo mas de lo que se consumió. Además, el agro se encontraba
técnicamente retrazado y la producción era escasa, los precios subieron aceleradamente y se produjo el desabastecimiento. Muchas industrias se declararon en quiebra, aumentando asi la desocupación y sumiendo en la pobreza a gran parte de la sociedad.
En 1847 la peste sumó su cuota de tristezas. En 1852 Italia entro en un caos político, con ley marcial, bandidaje y crueldad hacia los presos políticos.
En 1859, en un discurso, dijo Vittorio Emanuele : " no seamos
insensibles al grito de dolor que de tantas partes de Italia se elevan sobre nosotros".
En 7 de septiembre de 1860 Garibaldi entra victorioso en Nápoles, y 8 meses después, en respuesta al clamor popular, nombró a Vittorio Emanuele como Rey constitucional. En 1871 Roma fue ocupada y establecida como capital de Italia. Comenzó a tener real forma la tan ansiada unidad nacional.
La política y emigración italiana desde 1861
La pobreza y desocupación decidió un cambio fundamental entre los italianos, que intentaban un cambio de vida y una posibilidad distinta de salir adelante y así lo decidió utilizando las vías de emigración. Este fenómeno fue calamitoso ya que en los campos comenzó a escasear la mano de obra. A la crisis agraria se le sumaron las opiniones de los distintos ámbitos
políticos, así por ejemplo, el socialismo opinaba que a través de la emigración los pobladores cumplirían con el sueño de la propiedad privada de la tierra. Otros lo consideraban una consecuencia de la incapacidad política organizativa para evitarlo. En cuanto a los grupos católicos, recelaban de la emigración por razones éticas y sociales, señalando el alcoholismo, el adulterio, y las disoluciones familiares como el medio a
través del cual entraban en contacto con las ideas socialistas y anarquistas.
Según un censo de 1861, los datos migratorios de distintos
países fueron los siguientes :
- Francia : 77.000; Alemania : 14.000; Suiza : 14.000; Egipto : 12.000; Túnez : 6.000; Estados Unidos: 500.000; y el resto de América: 500.000.
En 1888 dictaron la primera Ley de Emigración itálica que les reconocía el derecho y la libertad de acción en pos de un mejoramiento económico y con la ley de 1901 el Parlamento aprobó una intervención orgánica destinada a reflejarse en todas las legislaciones sucesivas, y constituyó un Comisariato de la emigración, con autonomía legislativa y financiera. Sin embargo las representaciones en el extranjero no comprendieron debidamente los problemas de los emigrantes, y no les concedían protección en los
países de arribo. Por otra parte las sociedades católicas los defendían del aprovechamiento de las compañías navieras y de los intermediarios al embarcar, los ayudaban a integrarse a las nuevas sociedades.
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